Carta de Cuba, la escritura de la libertad

 

 

SIN LIBERTAD, CON TERROR

Bernardo Marqués Ravelo

Servio Borges "está en llamas", como se dice en la isla cuando un funcionario cae en desgracia. Estaba obligado a ganarle al equipo de béisbol estadounidense, y estos, en la discusión por la de oro, le colgaron nueve ceros y le anotaron cuatro carreras.

Castro no se lo va a perdonar al mentor deportivo del equipo Cuba. Porque desde el mismo año de su triunfo, el legendario barbudo apostó por el deporte como una de las armas más eficaces para presentarse al mundo como un paladín de las causas más nobles. O sea, el deporte como sutil mensaje del discurso político.

Apostó bien el Comandante porque los cubanos no son malos en las lides deportivas. Todavía los más viejos recuerdan las hazañas de Kid Chocolate, el ajedrecista José Raúl Capablanca y el lanzador de las Grandes Ligas, Camilo Pascual. De modo que con una inyección de billetes, cuidados intensivos, y la asesoría de los "hermanos socialistas", las victorias estaban aseguradas. Además de los cacareados triunfos en materia de salud y educación, los comunistas le entregaban al pueblo –explicaban-- la posibilidad de ser campeones mundiales, olímpicos, panamericanos y centroamericanos. Y durante lustros, mientras los rusos regalaban "desinteresadamente" toneladas de petróleo y rublos, el camino estuvo alfombrado de pétalos.

Pero aunque los cubanos padecen la ley del terror --vigilados estrictamente, de la mañana a la noche, por los miembros de los Comités de Defensa, el partido, la juventud, los pioneritos y la federación de mujeres--, desde semanas antes de que la delegación a los juegos de Sydney hiciera las maletas, los aficionados en la isla comenzaron a especular. Y por encima de cualquier otro aspecto de la cita, pronto se instaló en los contertulios dos temas. Uno clandestino y el otro público.

El primero, comentado en voz baja, fue la cantidad de atletas que pedirían asilo en Australia. El otro, la segura derrota del equipo de pelota a manos (brazos y pies) de sus rivales más enconados: Estados Unidos.

Cuando el flamante canciller cubano Pérez Roque despidió a los enviados el asunto salió a la palestra sin eufemismo. Más que de ganar medallas, dijo, de lo que se trataba era de demostrarle al mundo la fidelidad de los deportistas a la causa de la revolución, al jefe de la misma, y a los principios (que más bien son finales) ideológicos.

No obstante, y por si acaso, la tenebrosa Seguridad del Estado castrista tomó medidas de excepción, por razones explicables: cada vez que se queda un deportista en el exterior varios policías son decapitados y luego les cuesta ayuda y Dios volver a encontrar la testa. De modo que esta vez el gardeo contra los antillanos fue casi de uno contra uno.

En puridad, y para ser justos, la actuación de los criollos en Sydney no opacó sus méritos anteriores. Aunque Javier Sotomayor solo logró una presea de plata en el salto de altura, y el equipo de béisbol cayó apabullado por los pupilos de Tom La Sorda, el saldo vuelve a colocar a la isla entre los países más destacados del mundo.

Hasta hoy domingo, ni un solo cubano ha pedido asilo. Y eso para Castro es un éxito rotundo. No es que no lo quisieran hacer sino que la policía política les impidió hasta respirar fuera de las canchas, las pistas y los cuadriláteros.

Sin embargo, los "muy felices" deportistas saben, mejor que cualquiera, que en la mayor de las Antillas sus vidas no tienen sentido. Porque bajo la alegría de las medallas padecen la amargura de vivir sin libertad ni pan, y, sobre todo, con absoluto terror.

San Juan, Puerto Rico