Carta de Cuba, la escritura de la libertad

 

 

Los guantes de Plinio

Bernardo Marqués Ravelo

El llamado boom latinoamericano sigue siendo una leyenda, ahora remota pero leyenda al fin y al cabo. Y de ella no escapa todavía, casi cuarenta años más tarde, los nombres de una vanguardia literaria que irrumpió en los 60 con una manera personalísima de narrar las dramáticas, complicadas y asombrosas historias de las tierras que corren de un punto a otro de América Latina. Sí, Juan Carlos Onetti, Alejo Carpentier, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Juan Rulfo, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez coronan una cima que ha dejado inscrita la literatura hispanoamericana de nuestro tiempo en el cenit de las letras universales. Y de tú a tú con los maestros de todos los tiempos. Sin embargo, e inexplicablemente, de ese prestigioso grupo sólo el colombiano García Márquez (Aracataca, Colombia, 1928) ha alcanzado el premio Nobel que todos los años concede la Academia Sueca. De todos los escritores contemporáneos quizás sea Plinio Apuleyo Mendoza (Tunja, Colombia, 1932) el intelectual que mejor pudiera revelar los secretos de Gabriel García Márquez. Pero no confiesa casi ni uno, qué lástima. Y es sobre la relación entre los dos hombres de lo que nos cuenta Plinio en Aquellos tiempos con Gabo, que hace unas semanas colocó en las librerías la editorial Plaza & Janés. Siempre he pensado que ser amigo de una luminaria comporta excesivos riesgos. A saber, proyectarnos como el Don Nadie que somos, un papel casi denigrante, por supuesto. O alinear en el turbio coro de aduladores que siempre rodea a los pesos completos, llámense Bill Gate u Oscar de la Renta. Narrado con la pericia adquirida en el oficio periodístico y lenguaje admirable, Plinio nos encara aquí a sus recuerdos, pero más que memoria logra en estas páginas de añoranzas un inventario de la melancolía, los fracasos y las penas. Plinio juega con las cartas sobre la mesa. Y no hace trampas ni se extralimita un centímetro. Ni roba cámara, lo tradicional en estos casos. Nos habla sosegadamente de su compadre García Márquez sin que asome ni por azar la mala hierba que crece siempre en los jardines de los triunfadores. Ni se recrea en (y con) la chismografía al uso.El autor se limita a contar de muy comedida manera, ya editado y con guantes de seda, su largo viaje al lado de una de las figuras más sobresalientes de las letras hispanas de nuestro tiempo. Sin alardes, poses, y con sencillez. Pasando discretamente sobre episodios que hubieran sido platos suculentos para los lectores de todas las latitudes. Ponga el lector por caso el incidente que provocó la ruptura entre el Gabo y Mario Vargas Llosa. Porque Plinio se pone el smoking y no lo suelta ni en las comas e incluso intenta, de pasada, justificar la relación pecaminosa entre García Márquez y ciertos deplorables políticos contemporáneos. No lo consigue pero hace un guiño de complicidad y uno trata de entender aunque cueste muchísimo trabajo hacerlo.

Aquellos tiempos con Gabo es, sin embargo, una obra de extraordinaria sinceridad humana. Más de 200 páginas de fluida reflexión sobre el destino no del Gabo sino de un señor ya maduro, de pronunciada calvicie y risa infantil, cuyo corazoncito de enamorado no ha dejado de palpitar bajo las ráfagas despiadadas de huracanados amores: Plinio Apuleyo Mendoza. Un texto que dejará en el lector la sensación de haber asistido a los preparativos de la fiesta. Pero jamás al convite. Porque un pudor casi virginal le impide al autor pasarse de la raya Texto contaminado por la ternura, el amor y la nostalgia, queda tras la lectura, latente, algún impronunciable reproche, no se sabe bien a qué: si a los lauros que ciñe sobre sus sienes el autor de Cien años de soledad o una cierta ''o incierta'' amargura por los tiempos que se fueron. Y que, claro, ya no regresarán.

(Hoy, New York, martes 6 de junio de 2000)

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