Carta de Cuba, la escritura de la libertad

 

 

EL MENSAJE DE LAS AVIONETAS

 María Rivadulla

Del derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate se cumplen cinco años.

Cuatro vidas se perdieron ese día, cuatro compatriotas que dedicaban parte de su tiempo a la humana tarea de ayudar a balseros perdidos entre las aguas del estrecho de la Florida. Los detalles, harto conocidos, se agitan entre páginas y páginas de tópicos sociales, religiosos,

económicos y políticos.

Si bien el planeta no se revolvió -siempre me recuerdo a mí misma, para no perder la perspectiva, que no somos el ombligo del mundo- honestamente pensé que la actitud de repudio al gobierno de Cuba sería más combativa (término bien común en mis años juveniles, para medir el compromiso ante las "gloriosas tareas de la Revolución"). Esperaba un repudio más comprometido, generalizado, globalizado (le tocó el turno a los términos modernos) ante lo que es, evidentemente, una crasa violación a las leyes internacionales, un crimen, y como tal, desprovisto de toda justificación.

Los titulares de prensa duraron dos días en algunos casos. En muchos diarios la noticia quedó reseñada en páginas interiores y por tanto no pasó de partícula microcósmica en el recuerdo nebuloso ya, de quienes pudieron leerla. El hecho se convirtió entonces, en propiedad atesorada del "exilio cubano". No es que éste no se haya comportado a la altura de las circunstancias. al contrario, el dolor y las acciones desde el momento mismo del derribo a cohetazo limpio de las avionetas, han sido llevados, a mi parecer, de forma justa y digna. La indignación, el horror manifiesto ante el asesinato de unos pilotos que estaban desprovistos de toda arma, que no pretendían ni atentaron en momento alguno contra vidas de compatriotas en espacios territoriales cubanos ni en aguas internacionales, ha sido la bandera constante de los cubanos que estamos fuera.

No es justo que la orden del gobierno cubano de hacer explotar en el aire a unas avionetas con sus integrantes, amparados por leyes de aviación civil, que no presentaban actitud hostil, quede relegado a un acto más, otro "issue" político que se "vende" distorsionada a la opinión pública internacional -unas veces por parte de Cuba y otras, lamentablemente, por parte del mismo exilio- como parte de una pugna de cuarenta y dos años.

El tema cobra mayor vigencia a la luz del juicio que se celebra a los integrantes de la red "Avispa", un pequeño grupo del que se alega -para practicar disciplinadamente la divisa justa de "todo el mundo es inocente mientras no se pruebe lo contrario"- son agentes de Cuba en Miami, algo trasnochados y tecnológicamente atrasados, jugando a ser James Bonds a destiempo.

Como parte de la prueba que hizo desfilar fiscalía para sustentar sus acusaciones, se escuchó en días pasados la grabación de los pilotos de los aviones Migs de combate que tuvieron a su cargo el derribo de las avionetas.

Ni siquiera un estado real de sitio o guerra -no esta guerra inventada por el régimen cubano, una guerra personal de Fidel Castro, con las características que todos conocemos- puede justificar la inmensa satisfacción del piloto del Mig (con sus cubanismos "alvarezguedísticos" añadidos) cuando disparó e hizo explotar a sus compatriotas en el aire. Cumplir órdenes en el ejército, sobre todo cuando se enfrentan bandos en un conflicto bélico, implica pagar un precio, eso es de todos sabido. Entrar a analizar si las guerras son justas y necesarias es otro tema a tratar. Pero, definitivamente, cumplir órdenes no puede llevar implícito el orgullo de matar y mucho menos, como en este caso donde no hay enfrentamientos armados, la alegría al asesinar. Cualquier justificación esgrimida queda, a mi juicio, totalmente descartada, ante la magnitud de los hechos y las consecuencias.

Hace años me hice el firme propósito de promover el acercamiento con los compatriotas que viven en suelo patrio. He aprendido a convivir sin rencores extremos, con la realidad de las persecuciones y ofensas a homosexuales y artistas, con la crítica a la expresión libre de las artes, los huevos, piedras y gritos en el 1980, durante la Embajada de Perú y posteriormente Mariel, y los actos de repudio; con la comprensión psicosocial del por qué de todo esto, como parte de una gran escenografía de masas manipuladas que reaccionan, cuya inconsciencia (no puede llamarse conciencia) colectiva está programada para sobrevivir -si ahora hay que gritar, gritemos. He aprendido también a tolerar -sólo un poco, que conste- a los que se quedan fuera ahora, a los "arrepentidos" de último minuto, que han sido partícipes de la cúpula de poder, conocedores y activos en esta manipulación social, miembros confesos de la programación política, beneficiarios de la póliza "Revolución" mientras pagaron las primas de seguros. La responsabilidad de éstos por lo que pasa en Cuba -los presos políticos, el desastre económico, la falta de libertades cívicas, persecución sin tregua a los disidentes, la campaña de desprestigio que tiene montada el gobierno cubano contra los grupos políticos, ya muchos, culturales, profesionales, organizados todos- se diluye en la masa y en el resultado general.

No quisiera pensar que permitamos que el cambio en Cuba se convierta en una cacería de brujas, en un acto de barbarie más, de esos que hemos criticado tanto al propio régimen cubano, donde cada dedo que se levantare para señalar tendría como resultado un fusilamiento o una condena extrema, con o sin el debido proceso de ley.

Tampoco puedo ni quiero pensar que actos como éste van a quedar impunes. No es justo que el piloto del avión de combate, cuya responsabilidad es directa, particular, evidente y probada, y el valor que concedió a la vida humana se redujo a insultos y loas vergonzosos de "Patria o Muerte", donde patria es sólo un trozo de tierra con nombre, gobernada por un dictador ególatra y senil que se resiste a dejar el poder, y muerte es la orden de asesinar al hermano que está enfrente, no responda en un juicio, con todas las garantías para su vida y defensa, ante las leyes del hombre mientras tanto, y por si acaso no existiese la llamada justicia divina. Si mi hijo hubiese sido uno de los pilotos de Hermanos al Rescate, cuyos restos se diseminaron en fracciones de carne, sangre y metal por el mar, no descansaría hasta entonces.

Hubo un Nürenberg. No trajo de vuelta a los millones de judíos que fueron exterminados por el nazismo, ni borró los niveles de vergüenza, muertes y destrucción sufridos. Pero un tribunal internacional celebró juicio a los acusados de crímenes de guerra. Mensaje claro y preciso, -válido también para trozos del mundo que vivan sus propios conflictos internos- que el hombre y sus ideas tienen que respetar, ante todo, el derecho a la vida de los otros hombres amparados en otras ideas.

Que así sea, para bien.

La autora es una artista gráfica cubana, radicada en Puerto Rico, y colaboradora de Carta de Cuba